martes, 17 de diciembre de 2013

DE MADRID, AL PUEBLO.



AQUÍ, EN MADRID. Pocas frases resultan tan lapidarias en boca de un madrileño, ellos, tan acostumbrados a invadir la España de provincias en cuanto les sueltan la correa.

Y es que en estas fechas en las que uno parece que se vuelve un poco más sentimental, hay una frase en especial que me parte el corazón en mil pedazos. Es cuando le preguntas a un compañero del curro (también vale con uno de la uni) ¿dónde pasas la navidad? Y te responde con un puchero subliminal que te sobrecoge alma: nah, aquí, en Madrid.

Hoy vamos a poner las cartas sobre la mesa, qué digo cartas, las azadillas sobre la mesa. Porque por fin vamos a hablar DEL PUEBLO.
Pero no de un pueblo en concreto, que lo tenemos, sino del pueblo como concepto, ojo. De ese lugar donde los pubertosos de capital dicen a sus pubertosos compañeros de instituto que tienen la novia. Ésta, sin un mísero grano, claro.

Ay amigo, que en Navidad el que es de Madrid es de Madrid, y la familia aunque no sea de Madrid ha vivido toda la vida en Madrid, y la navidad, por mucho que no quieras, la pasas en Madrid. Y punto.

Es en ocasiones como esta, cuando un madrileño te suplica con la mirada un rescate, es donde se abre el debate, ¿es mejor ser de Madrid, o de fuera?*

Habrá madrileños que se atasquen con la respuesta y digan que lo mejor es ser de Madrid porque Madrid es Madrid, lógico. Pero no saben que lo mejor es ser de fuera y venir a Madrid. Vamos, que no hay debate. Pero al que quiera pelea le espero al final del post.

*Y el debate sólo lo abrimos con Madrid porque huelga decir que entre vivir en cualquier otra ciudad o ser de pueblo, siempre es mejor ser de pueblo.

Y si hay algún atrevido que quiera discutir sobre el tema, me sobra un argumento, la madre del cordero, cordero asado en horno de leña y cazuela de barro con agua, manteca, una pizca de sal y nada más, como en el pueblo. Pues eso, y ese argumento es: LA INFANCIA.

Creedme, esta etapa no admite discusión, la infancia es infinitamente mejor en un sitio pequeño que en una ciudad grande.
Hay cosas que uno hace de niño por la calle que nunca las va a hacer un crío de ciudad. Y no daré detalles porque no sé cómo está ahora el código penal o si las cosas prescriben. Pero vosotros me entendéis. Por ejemplo, todo niño tiene la obligación de ser artificiero al menos una tarde en su vida. Por mucha Play y mucho gráfico realista, el fuego siempre será el fuego.

Es cierto que muchos de ciudad han pasado temporadas en el pueblo de los abuelos y tal, pero eso es como cuando Ramoncín se tiraba de espontáneo, mira no.
Otros te dirán que ellos de pequeños en la urba que si tal y cual, pero tampoco.    
Para ser niño de verdad tienes que poder peinar todo el terreno, de punta a punta, explotar todas las posibilidades que te ofrecen el pueblo y sus alrededores. Saber que no hay más, que ya has puteado todo lo puteable.

Ahora, otra cosa es dónde es mejor pasar la juventud. Como en algunas tribus cuando los adultos llevan a los jóvenes a cazar como paso de la niñez a la vida adulta, en los pueblos ese paso suele estar ligado con marchar a la universidad. Que bien mirado, tiene mucho que ver con la caza también, pero ese es otro tema.     

Uno, cuando desembarca en la gran ciudad y viene de un pueblo o ciudad pequeña de provincias, hace su entrada triunfal a lo Paco Martínez Soria, cesta de mimbre y gallina en mano, y un par de morcillas que te mete tu madre en la maleta porque su instinto sobreprotector le dice que en Madrid no venden comida.
El caso es que no eres recibido en honor de multitudes, nadie tira pétalos de rosa a tu paso, ni te miran, en los pueblos se mira mucho, demasiado a veces.
Generalmente tu primer contacto con la gran urbe es en lo más profundo, en el metro. Dicen que para saborear el éxito hay que empezar desde abajo, pues literal.

Uno de pueblo en los madriles.
Sin saber bien cómo, te encuentras arrastrando la maleta por esos pasillos laberínticos, perdido, preguntándote si habrá algo ahí arriba o es que Madrid es todo así. Hasta que por la gracia de la patrona del pueblo o qué sé yo, el caso es que de repente aciertas a salir a la superficie.

La calle en Madrid está llena de gente, como un pueblo pequeño  a la hora de ir a por el pan, pero 24 horas, como si compraran pan todo el día. Como he dicho antes, en los pueblos se mira mucho, a la gente de provincias se nos puede reconocer porque vamos mirando a la cara a todo el mundo, como si fueras a conocerlos a todos. Yo creo que es algo innato, o genético incluso, es algo que sigo haciendo después de 10 años.

Una vez en la superficie, todo es diferente, la gente habla diferente, viste diferente, come diferente, y hasta las discotecas se llaman diferente ¡cada día!
Para suavizar los efectos del shock de venir a vivir a Madrid, conviene, durante la niñez, dejar de hacer putadas al menos en Navidad, y pasar el día en Madrid, aunque sea para ver Cortilandia y comprar una oveja para el belén en la plaza mayor. Los de pueblo, con toda la imagen de borricos que se nos achaca, somos como delicados pececillos multicolor que sufrimos con los cambios drásticos, conviene cambiarnos de agua poco a poco.

El caso es que tras el periodo de adaptación, tienen que pasar al menos 3-4 años para que uno de pueblo pase totalmente desapercibido en la ciudad. Uno empieza a disfrutar totalmente de la capital como un urbanita más, y la gallina y la cesta se dejan en casa. Incluso puede llegar a vivir en Malasaña, que eso es ya la cuadratura del círculo. Un barrio que es como un pueblo en el que estoy seguro que la mayoría de gente vienen del pueblo pero todos parecen de Madrid.

A todos nos encanta Madrid y a todos nos flipa Malasaña, pero no hay nada como poder ir al pueblo, donde los que llevan franela la llevan de toda la vida, los que van en bicicleta llevan atada atrás la caja con la azadilla y las cebollas, y los chatos de vino se pagan a precio de chato.

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